El aire ha sido cortado por dos hierros feroces. Han acatado la orden. 10 elegidos emprenden el viaje hasta como pronto la siguiente parada. Hecho.
Distribución no equitativa. Todo y que existe espacio de sobras, la gotera inoportuna golpea la espalda del pardillo nª1. Pardillo nª .2 Pardillo nª 3.
La educación se ha apoderado de la sala.
Margarita de las Mercedes: Cuidado joven! Es que cae agua del techo....
Pardillo nª 4: A gracias (alejándose hasta otra silla más oportuna)
¿Y qué me decís de las miradas de los metros?
45 grados en diagonal separan a los dos flancos.
Las gomas de color rosa. El pircing en el ombligo. Los ojos pintados en exceso, culpables de prometer aquello que a simple vista se ve que no quiere cumplir.
La gomina se resbala por el pelo. No se logra leer la marca del calzoncillo que, después de varios cursos de ingeniería, ha conseguido colocar en el punto estratégico. Ni un centímetro más. Ni uno menos.
¿Funcionará eso con las tías?
No hay nuevas generaciones de móviles. Esa es la mejor. A parte de llamar puede provocar la mirada lasciva de aquellas que no pueden cumplir aquello que quieren prometer. Las llaves se quieren suicidar. Su importancia ha sido bapuleada por unas cintas elásticas de colores chillones. Sus llaves pertenecen a un tal “Billabong”. Su rojo sangre mata el simple brillo del metal.
Algo recuerda a Munreiquer. Por mucho que el chaval lo quiera disimular, unos siniestros metales despuntan por encima los dientes haciendo que el valor de los calzoncillos, el curso de ingeniería para colocarlos, y la cinta de sangre baje a la mitad. Momento de vender las acciones. Momento para evitar la sonrisa y ni mirarle las tetas.
Triste, pero a veces cierto.
Al lado de mi hay un negro. Bueno, no es un negro. Es alguien de color. Parece trabajador. Seguramente mecánico. No llega a los cuarenta. La verdad es que da la sensación que no tiene muchos más de treinta.
Seguro que le gustan las chicas. No para de repasarlas. Su mirada se posa en la de la segunda fila. Guapa. No se cree que lo és. Tiene los ojos azules. Azules de tristeza. Tristeza de no vencer complejos. De intentar ser quien no és. Es preciosa. Pero sólo ella lo sabe.
El niño le ha golpeado la pierna. ¿Cómo pueden tener tanta energía?! No le hace caso a la madre. Creo que la quiere desafiar. Seguramente no entendería el significado de la palabra desafío. Pero lo está haciendo. Unos 50 centímetros de histeria concentrada abruma a una pobre joven de ojos azules. Es preciosa. El niño se ha dado cuenta.
Cómo cuando se lidia a los toros, la madre, después de arremeter un golpe certero en la nuca de su hijo, dedica una mirada al ruedo. Que la gente lo vea. Que mi hijo será educao. Aún que me cueste la vida.
Jorge no le hace caso. Va demasiado pasado. Aun no logra entender como es posible que se pasara tanto. Más de un gramo. Y hoy curra. La verdad es que se le ha ido. Siempre habría podido mentir. Llamar para decir que se encontraba mal, como en el cole.
Pero la vida había avanzado. Ya no estaba en el cole.
Para él el viaje es totalmente distinto. Cree que nadie le podría comprender. Todos le miran. Él se nota pálido. Drogado. Cada vez que mira a alguien fluyen las historias. Da igual quien sea. Da igual como lo mire.
Una guarra con los ojos pintados de más. Una chica afable y tímida, un poco triste. Con los ojos azules. Un Chavalito travieso y divertido. Una madre anti-drogas. Un pardillo que no se ha quedado de que hay goteras y un afro-americano con mono azul.
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« Que la princesa se entere, que uno, a veces, está contento.
Los viajes en tren
@ 2007-04-29 – 14:17:35
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